viernes, 13 de noviembre de 2009

Ninina

Son ya 4 los años sin tu presencia entre nosotros, sin tus anécdotas, tus consejos y llamadas de atención, mentiría si dijera que eran regaños, porque siempre te dirigías a nosotros con mucho cariño para sentirnos regañados. Aún sigues con nosotros, porque nunca te irás de nuestro lado. Sólo que, como humanos que somos, nos apegamos demasiado a lo físico, a lo material y es tu presencia lo que más falta hace, lo que todos añoramos. Me atrevo a hablar por todos cuando digo que aunque te disfrutamos muchísimo, la llamada de “El Jefe”, a quién tanto adoraste toda tu vida y que nos enseñaste a amarlo con la misma fuerza, llegó muy pronto. Unos, la cédula habla por ellos en este momento, te disfrutaron más que otros, pero la conclusión es la misma. Te extrañamos y te queremos profundamente.

Pudiera seguir hablando de un grupo, pero en estos días los recuerdos son más personales, tonterías que me llenan la memoria de ti y que realmente agradezco haber vivido esos momentos contigo.

Remontarme a la adolescencia sería apropiado, pero son los recuerdos de los últimos años que convivimos los que impregnan este momento, cosas tan superficiales como la típica llamada de atención cuando me veías comiendo sin franela o el “jiiipa muchacho, déjate las uñas” cuando comenzaba con mi patética costumbre que lastimosamente no termino de quitarme. Los memorables juegos de Scrabble, donde no habían palabras mal escritas, todas valían, dándole un tono más jovial a la competencia.

De vez en cuando creo escuchar –muy débilmente– aquella matraquita que anunciaba que requerías de mis servicios, o esos suaves llamados “hijo”, “Jesús Alberto”, cuando sabías que estaba cerca. Que orgullo fue poder asistirte en todo lo que necesitaste, muchas veces te tocó aceptar a regañadientes mi ayuda y sin embargo fuiste agradecida siempre, a veces más de lo necesario, algo que por cierto heredó tu primogénito y que hace que te recuerde con más frecuencia. No sabes cuánto me impresionó siempre la forma en que siempre supiste llevar tu dolor; me impactaba que pudieras estar sufriendo tanto –la vida no te la puso fácil nunca– y que sin embargo tus penas no fueran conocidas por todos los que te rodeábamos. La mayoría de las personas somos demasiado débiles en cuanto al dolor se refiere y no sabemos ocultarlo como tú lo hacías. Tu fuerza, dentro de tu flaqueza, era realmente admirable.

Pero no fue solo eso lo que merece en este momento especial atención: tu capacidad para sonreír y robarnos sonrisas a todos siempre que tenías la oportunidad, tus demostraciones de amor incondicional a tus once nietos, si bien es cierto que todos conocíamos de sobra la existencia de “favoritos”, estoy seguro que ninguno pudo, puede ni podrá haberse sentido menospreciado por ti, tú eras amor puro y lo transmitías de todas las maneras posibles.

Tu memoria era excepcional, fuiste el Wikipedia de la familia. Al momento de cualquier duda relacionada con fechas, hora y lugar de un evento, eras tú quién tenía la última palabra. Eres la única persona que vi alguna vez leer con total detenimiento las revistas “Selecciones Reader’s Digest” y defender con tanta pasión a Valencia cuando alguien osaba menospreciarla en tu presencia, “Valencia fue capital de Venezuela” era la línea con la que empezabas tu argumentación, seguida por nombres y acontecimientos importantes de la historia sucedidos en la Valencia del Rey y así reforzar ya mi teoría de ser tú nuestro Wikipedia familiar.

Tus polvorosas eran algo fuera de lo común, recuerdo rondar la cocina cual león tras su gacela esperando que la bandeja saliera del horno para atacar y sentir como literalmente esa pequeña dosis de harina, manteca, azúcar, amor y placer se deshacía en mi boca. En más de una ocasión te pedí una torta de polvorosa para mi cumpleaños, a lo que respondías siempre con una sonrisa ya que asumo que sabías que de complacerme, nadie hubiese podido probarla, no la habría compartido por nada del mundo. En este momento tengo hecha agua la boca, ha pasado mucho tiempo desde que no disfruto con tanta alucinación un dulce tan sencillo como tus polvorosas. Un amigo que confiesa su fascinación pecaminosa por el dulce, cada vez que venía a la casa, ya fuera por razones académicas o por visitas en las que lo único que hacíamos era sentarnos con una caja de cigarros, cervezas o ron –dependiendo del estado de ánimo– a filosofar sobre las trivialidades de nuestras vidas, preguntaba “¿chamo no hay polvorosas por ahí?”. Estoy seguro que en el fondo él también las extraña.

En silencio, muchas veces agradezco la gran facilidad que tiene mi madre en todo lo referente al tema de la gastronomía, supo captar e imitar tu sazón y así seguir disfrutando de tus hallacas durante las festividades, solo que ahora no eres tu quién limpia hoja por hoja y les corta las venas en la batea de la casa, ni das instrucciones de cómo preparar el sofrito. La esencia sigue siendo completamente tuya, pero llevada a cabo por tu más fiel discípulo en los menesteres culinarios.

Ya se acercan las fiestas decembrinas y no puedo dejar de pensar en ti, en tu alegría e inocencia. En aquella reunión donde las burbujas de jabón te hicieron reír como a cualquier infante. En cómo todos los 31 escuchabas Las uvas del tiempo de Andrés Eloy Blanco por Radio América poco antes de las campanadas que despiden el año viejo. Qué manera tan trabajada de demostrar ese sentimiento de extrañar no? Bueno por algo es reconocido como un gran poeta, no son en vano todos los elogios que la historia le ha otorgado. Lo cierto es que este año tal vez sea yo quién escuche Radio América junto a mi papá y es que cada día que pasa, a diferencia de lo que normalmente suele suceder, te pienso más, te recuerdo más, te extraño más.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Quemando el tiempo

Aprovecho el tiempo que en estos momentos me sobra para escribir, hace ya un tiempo que no la hacía y no por falta de ideas, ésas sobran, gracias a Dios ha sido falta de tiempo. El trabajo abunda y he sabido priorizar. Justamente en este momento, ya culminada mi jornada laboral estoy siendo víctima de la venezolanidad. No del hampa o de la inseguridad que tanto nos agobia día a día, sino de algo muchísimo más sencillo: la puntualidad, mejor dicho, la falta de ésta.

Pero bueno, me dijeron una vez que hay que tener una actitud positiva ante todo, es el lema de una amiga y he intentado adoptarlo como propio, pero poco a poco. Admito que no es fácil, pero se hace lo que se puede con lo que se tiene. Así que intento vivir con “el (+ON)”, con actitud positiva. Empleo el tiempo que me están regalando en algo más productivo que ver el reloj y contar los segundos que transcurren entre llamada y llamada para chequear el progreso –o falta de éste– de mi búsqueda. Agradezco la aleatoriedad del reproductor de mi teléfono, logrando que se unan Frank Sinatra y Metallica, Melendi y Jack Johnson, Silvio Rodríguez y Andrés Cepeda, permitiendo que los minutos transcurran con una velocidad ciertamente más agradable. Mientras tanto veo como la gente va y viene con sus diligencias, sus posibles retrasos y sus ajetreos, a un grupo de niños que mientras sus padres se vuelven locos con las largas colas en los bancos, ellos se divierten con una escalera mecánica que seguramente tiene más años que la suma de todos los que participan en el extraño juego.

La gente me ve con cierta curiosidad cada vez que hago una pausa en mi escritura, con ellas viene un extracto de lo que escucho a media voz o el estallido de uno de los platillos de mi batería imaginaria con mi baqueta/bolígrafo.

La espera se hace mas incomoda cuando me doy cuenta que no sé ciertamente cuanto tiempo transcurriría antes de ponerle fin a dicha situación. Luego de varias llamadas desviadas directamente al buzón de mensajes, decido no preocuparme por eso y entregarme por completo a la música, a tocar mis instrumentos ficticios –los únicos que realmente domino– y a observar cómo poco a poco el lugar que tan poblado estuvo hace ya unos cuantos minutos, quizás horas, se ve cada vez mas desolado, pero yo sigo aquí.

Hay un perro que acaba de despertarse a causa de las frías gotas de lluvia que empezaron a caer sobre él mientras dormía. Lo veo desperezarse con cierta envidia, pero ya una vez activo capta mi atención, ya que su comportamiento es impropio de un perro callejero. Camina de un lado a otro con la confianza de quién es dueño del lugar, no anda con el rabo entre las patas, todo lo contrario, anda contento, de buen humor pues el sueño al parecer ha sido placentero. Espera en la puerta de la fuente de soda, con cierta experiencia y calma, pues conoce a los comensales y sabe que ellos premiarán su paciencia con buenas cantidades de sobras, que para él son un manjar de dioses.

Entre canción y canción logro escuchar algunos de los temas que está en boca de todos: los resultados de la serie mundial, caraquistas y magallaneros haciendo los comentarios típicos de la temporada regular del beisbol venezolano, uno que otro comentando lo mal que la está pasando el Real Madrid en la Liga Española sin que salgan los abogados del club merengue a desmentir la crisis y sacar pecho recordando el palmarés del club más ganador de la historia y por supuesto a los culés hacer alarde de su triplete que la época dorada del eterno rival es cosa del pasado.

Por supuesto no puedo dejar de hacer referencia a los poetas de esquina, a los galanes de la zona que no se cortan ante ninguna situación y comienzan a piropear a cuanta mujer medianamente arreglada pase ante sus ojos. Debo manifestar que siento cierta admiración por estos trovadores, su imaginación no se detiene ante nada y no escatiman en generosidad al florear a las féminas que transitan a su alrededor.

El hambre dice presente y hace más complicada la espera. Ya la espalda presenta la típica molestia de estar torcido mucho tiempo y es que luego de horas sentado en un muro sin respaldar buscando las palabras correctas, todo se hace todo más complicado. Por eso me despido, no sin antes decirles que estuve 3 horas y poco mas esperando que llegaran por mí. Evidentemente las excusas estuvieron a la orden del día, no sería venezolano si no hubiese intentando justificar su falta con el tráfico, una falla imprevista del carro, que la batería del teléfono se descargó por completo porque anoche no lo pudo cargar, en fin, podemos escribir un libro con todas las excusas que hemos escuchado a lo largo de nuestras vidas.