Aprovecho el tiempo que en estos momentos me sobra para escribir, hace ya un tiempo que no la hacía y no por falta de ideas, ésas sobran, gracias a Dios ha sido falta de tiempo. El trabajo abunda y he sabido priorizar. Justamente en este momento, ya culminada mi jornada laboral estoy siendo víctima de la venezolanidad. No del hampa o de la inseguridad que tanto nos agobia día a día, sino de algo muchísimo más sencillo: la puntualidad, mejor dicho, la falta de ésta.
Pero bueno, me dijeron una vez que hay que tener una actitud positiva ante todo, es el lema de una amiga y he intentado adoptarlo como propio, pero poco a poco. Admito que no es fácil, pero se hace lo que se puede con lo que se tiene. Así que intento vivir con “el (+ON)”, con actitud positiva. Empleo el tiempo que me están regalando en algo más productivo que ver el reloj y contar los segundos que transcurren entre llamada y llamada para chequear el progreso –o falta de éste– de mi búsqueda. Agradezco la aleatoriedad del reproductor de mi teléfono, logrando que se unan Frank Sinatra y Metallica, Melendi y Jack Johnson, Silvio Rodríguez y Andrés Cepeda, permitiendo que los minutos transcurran con una velocidad ciertamente más agradable. Mientras tanto veo como la gente va y viene con sus diligencias, sus posibles retrasos y sus ajetreos, a un grupo de niños que mientras sus padres se vuelven locos con las largas colas en los bancos, ellos se divierten con una escalera mecánica que seguramente tiene más años que la suma de todos los que participan en el extraño juego.
La gente me ve con cierta curiosidad cada vez que hago una pausa en mi escritura, con ellas viene un extracto de lo que escucho a media voz o el estallido de uno de los platillos de mi batería imaginaria con mi baqueta/bolígrafo.
La espera se hace mas incomoda cuando me doy cuenta que no sé ciertamente cuanto tiempo transcurriría antes de ponerle fin a dicha situación. Luego de varias llamadas desviadas directamente al buzón de mensajes, decido no preocuparme por eso y entregarme por completo a la música, a tocar mis instrumentos ficticios –los únicos que realmente domino– y a observar cómo poco a poco el lugar que tan poblado estuvo hace ya unos cuantos minutos, quizás horas, se ve cada vez mas desolado, pero yo sigo aquí.
Hay un perro que acaba de despertarse a causa de las frías gotas de lluvia que empezaron a caer sobre él mientras dormía. Lo veo desperezarse con cierta envidia, pero ya una vez activo capta mi atención, ya que su comportamiento es impropio de un perro callejero. Camina de un lado a otro con la confianza de quién es dueño del lugar, no anda con el rabo entre las patas, todo lo contrario, anda contento, de buen humor pues el sueño al parecer ha sido placentero. Espera en la puerta de la fuente de soda, con cierta experiencia y calma, pues conoce a los comensales y sabe que ellos premiarán su paciencia con buenas cantidades de sobras, que para él son un manjar de dioses.
Entre canción y canción logro escuchar algunos de los temas que está en boca de todos: los resultados de la serie mundial, caraquistas y magallaneros haciendo los comentarios típicos de la temporada regular del beisbol venezolano, uno que otro comentando lo mal que la está pasando el Real Madrid en la Liga Española sin que salgan los abogados del club merengue a desmentir la crisis y sacar pecho recordando el palmarés del club más ganador de la historia y por supuesto a los culés hacer alarde de su triplete que la época dorada del eterno rival es cosa del pasado.
Por supuesto no puedo dejar de hacer referencia a los poetas de esquina, a los galanes de la zona que no se cortan ante ninguna situación y comienzan a piropear a cuanta mujer medianamente arreglada pase ante sus ojos. Debo manifestar que siento cierta admiración por estos trovadores, su imaginación no se detiene ante nada y no escatiman en generosidad al florear a las féminas que transitan a su alrededor.
El hambre dice presente y hace más complicada la espera. Ya la espalda presenta la típica molestia de estar torcido mucho tiempo y es que luego de horas sentado en un muro sin respaldar buscando las palabras correctas, todo se hace todo más complicado. Por eso me despido, no sin antes decirles que estuve 3 horas y poco mas esperando que llegaran por mí. Evidentemente las excusas estuvieron a la orden del día, no sería venezolano si no hubiese intentando justificar su falta con el tráfico, una falla imprevista del carro, que la batería del teléfono se descargó por completo porque anoche no lo pudo cargar, en fin, podemos escribir un libro con todas las excusas que hemos escuchado a lo largo de nuestras vidas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario